26 de diciembre, 2016

Alguien, en algún lado, sostiene un taza de café; tiene la mirada perdida, los párpados cansados de mirar el intermitente ritmo de las luces de navidad.
Y se pregunta qué comerá esta noche ese alguien que acaba de operar a un anciana que se cayó de una silla por alcanzar el plato de comida de un gato que está cuidando a regañadientes porque no es suyo y procura, sin éxito, no encariñarse.
De mietras, su vecino de abajo piensa en que no llega a pagar el alquiler del mes próximo y pega un salto del susto que le provoca el golpe que produce el cuerpo de la abuela al caer al suelo.
El mismo ruido que, seguramente, causó la primera caída de la bici de un niño que se empeña en aprender a andar sin rueditas. Una chica lo ve y piensa que, alguna vez en su vida, tiene que aprender  a andar en bici, pero primero tiene que dejar de tenerle miedo a caerse.
Y así es como un chico se tropieza con una baldosa porque cuando la vio se distrajo al pensar que era la chica más linda que había visto en toda su vida, más aún que la supuesta prima de su amigo
 Roberto, quien quiere constantemente enganchar a todo el mundo con todo el mundo y fracasa en el intento. Aunque es más perseverante que esa mesera en ese bar de mala muerte que siempre quiere hacer reír al viejo Osvaldo, pero no puede porque él ya se olvido hasta de cómo suena un carcajada. A pesar de que acaba de oír una proveniente del muchacho a su lado, a quien le causó gracia que a alguien sentado en una mesa, con los ojos cansados de mirar el intermitente ritmo de las luces de navidad, se le haya caído de la mano la taza de café que sostenía desde hacía diez minutos porque se dio cuenta de que no tenía sentido morir si había tanta gente en el mundo haciendo tantas cosas que él nunca había hecho y se moría por hacer.


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