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parentesis

Qué lindo que es tener diecisiete, pero qué terrible el frío ¿sabés?. Sí, el frío, ese que te recorre la espalda cuando te das cuenta de que cuanto más disfrutes más rápido se te escurre cada segundo y que cada canción que cantas a los gritos se va a volver un punto chiquito y distante en una adolescencia todavía más chiquita y distante.
Cuando tenía diecisiete sabía qué quería y a dónde tenía que ir. Podía beberme los amaneceres en un vaso y, aún así, permanecer sobria el resto del día. Aprendí muy bien a querer a gente que nunca me iba a querer de la misma manera, y lo hice tan bien que me costó tirar el manual que llevaba constantemente en el bolsillo a la basura. Por suerte, también encontré la manera de querer todavía más a personas que sí me abrazaban con la mirada y me cobijaban en una risa.
Tener diecisiete fue la apertura de un paréntesis a mi existencia hipócrita sin saber que este nunca iba a cerrarse. Fue un espacio donde fluyeron las canciones y la poesía tímida que no estab…

vi

mi primer beso

mi ciudad

me gusta mi ciudad
me gustan las luces, los autos,
los colectivos a cualquier hora
y las diagonales.

me gusta mi ciudad
y todavía más me agrada
la familiaridad de caminar
sus calles
de reconocer tal o cual pintada
en tal o cual esquina.

me gusta mi ciudad
y me gusta el movimiento
de los domingos
me encanta la magia
de ver a los árboles bañándose
con la lluvia dorada
de un sol de las seis y media

me gusta mi ciudad
y todas las postales que luce
en cada estación
me guata que los atardeceres
sean más lindos acá.

me encanta mi ciudad
amo perderme con la misma facilidad
con la que me encuentro
y amo que se convierta
en la ciudad favorita de muchxs.

me gusta mi ciudad
me gusta que cambie,
me gustan sus árboles,
el espíritu de lucha que se siente
en el ambiente
y que esté llena de estudiantes.

y si alguna vez
quisieras saber
cuál es mi ciudad
preguntame a qué lugar
va mi corazón
cuando se siente solo.

sunshine & city lights

caminamos por la calle
las luces de los edificios
nos alumbran el camino
y son nuestra guía en la noche

sostengo tu mano
y la estrecho fuerte
en cada esquina
para comprobar
que seguís a mi lado

me reconforta que estés
acá, conmigo
y que estés acá, en mi vida
pero me pone triste
porque sé que mañana
me tengo que ir
a esa ciudad llena de luces
en la que quien me ilumine
los caminos y las noches
no vas a ser vos

y es que nunca te lo dije
pero mi ciudad
tiene otro color
desde que te conocí
todos los rincones
están poblados de tu sonrisa

y sé que no te va a gustar leer esto
pero mi ciudad
no es tan mía
desde que te fuiste
y evado los rincones
en los que un poquito de viento
me trae tu risa

y, perdón,
pero la razón
por la que no salgo de casa
es un poco porque sé
que voy a encontrarme
con tu recuerdo si lo hago
y no quiero,
no quiero escuchar tu risa
en un rinconcito del bosque
si no es porque
te estoy haciendo cosquillas
no quiero ver todo
con tu color
si no voy a poder
mirarte a los ojos

cuando me siento mal

cuando me siento  mal lo que más me gusta hacer es escribir poesía me gusta convertir la tristeza en versos que se confundan con belleza me quito el sabor amargo de la boca llenándola de palabras hermosas me consuelo con la sintaxis perfecta de las oraciones bien construidas y así es como,  al final del día, luego de llorar a mares canciones tristes, las palabras me llevan  a la cama y me arropan al escribir un poema.

26 de diciembre, 2016

Imagen
Alguien, en algún lado, sostiene un taza de café; tiene la mirada perdida, los párpados cansados de mirar el intermitente ritmo de las luces de navidad.
Y se pregunta qué comerá esta noche ese alguien que acaba de operar a un anciana que se cayó de una silla por alcanzar el plato de comida de un gato que está cuidando a regañadientes porque no es suyo y procura, sin éxito, no encariñarse.
De mietras, su vecino de abajo piensa en que no llega a pagar el alquiler del mes próximo y pega un salto del susto que le provoca el golpe que produce el cuerpo de la abuela al caer al suelo.
El mismo ruido que, seguramente, causó la primera caída de la bici de un niño que se empeña en aprender a andar sin rueditas. Una chica lo ve y piensa que, alguna vez en su vida, tiene que aprender  a andar en bici, pero primero tiene que dejar de tenerle miedo a caerse.
Y así es como un chico se tropieza con una baldosa porque cuando la vio se distrajo al pensar que era la chica más linda que había visto en t…

Condicional simple

En un día como hoy, así de ventoso y soleado con el cielo decorado por nubes de una blancura impoluta, como me gusta a mí, mando ese mensaje que siempre pensé mandar. Lo invito a salir y, sorpresivamente, me dice que sí con entusiasmo. Nos reunimos en un café de esos chiquitos y en calles vacías a los que casi nadie va, pues tengo la teoría de que más de la mitad de ellos fueron inaugurados para ocasiones como esta, para ser el lugar especial de varios. En el camino de ida me tomo el micro con manos que no saben hacer más que sudar y temblar como un par de gelatinas; tanto que casi se me cae la sube cuando la apoyo en el lector. Viajo sentada mirando a través de la ventana intentando hilar alguno de los pensamientos que se me escapan como harina por el agujero de un costal. Fracaso todas las veces, no soy capaz de pensar con claridad en este torbellino mental que va cada vez más rápido. Miro el reloj repetidas veces, demasiadas. Más de lo que recuerdo haberlo chequeado, seguramente. Soy …

Opia

OPIA: es el nombre dado a la intensa sensación de una invasiva energía que sentimos cuando participamos de un mutuo contacto visual con alguien más. Y ella era la reina de quedarse mirando. Disfrutaba de recorrer con la vista a los demás sin malicia, con la curiosidad de un niño pequeño y la intensidad con la que alguien lo haría si estuviera a escondidas.
Es que solía pasar desapercibida. Entonces, revolcándose en su propia invisibilidad, convertía a cualquier individuo digno de su atención en un festín para sus ojos. Repasaba varias veces cada gesto y postura; cada lunar y cada cabello.
Tan experta se había vuelto en el campo que casi nunca cruzaba miradas con alguien por más de una milésima de segundo. Y, cuando lo hacía, optaba por mirar hacia otra parte solo con tal de no ser descubierta.
Ella formaba parte de ese reducido grupo de seres en el mundo que miraba por el simple placer de hacerlo. No la movía ningún interés particular, no buscaba conseguir ningún tipo de atención. Y n…